jueves, 3 de octubre de 2013
Definiendo el amor
La vida los acercó en un mes de septiembre. Estamos casi seguros que aún era demasiado prematuro hacer ciertas preguntas. Así, que se limitaban a mirarse, a descubrir la geografía de sus cuerpos- él, con algo menos de pericia que ella -, a tantear con cuidado en el siempre peligroso campo de las palabras. No podríamos afirmar todavía que se quisiesen. Baste decir que, lo único cierto que convendría aseverar con total rotundidad para el caso que nos ocupa, es que se necesitaban tanto o más que el aire que respiraban; eran, cual aquel hálito de vaho, que, entrado ya el invierno, quedaba fijado con firmeza en la ventana interior de la vieja cocina ocultando con su vida interna el humo de las chimeneas a través de un pedazo de cristal.
“¿Me quieres?”- le había preguntado ella aquella misma mañana. Y él, torpe ante una pregunta tan compleja como aquella, se limitó a acariciar su cuello, a oler el delicado perfume de su cabello, a recorrer los perfiles de las cejas con sus dedos; en definitiva, a enmarcar todo un sin fin de sensaciones, para las cuales, tal vez, ni tan siquiera existiesen las palabras apropiadas, o, en el caso de que existiesen, en nada habrían de envidiar la calidez de la mariposa que iba esbozando su boca: “¡Soy tan feliz contigo!- dijo él-: Tan feliz, que no sé cómo es posible que aún logre encontrarle sentido a la vida si no te tengo a mi lado” Entonces, el rostro de ella, adquirió un matiz un tanto más oscuro. La piel- la de él – se entregó a un súbito espasmo atrapada por el miedo: “¿Qué te ocurre? Te miro y ¡te veo tan lejos de mí! que se me antoja que ni tan siquiera el seguro contacto de tu mano, hace que me sienta cerca de ti” “Me muero”- fueron sus únicas palabras.
Entonces, él, espantando la incredulidad de sus ojos, tratando en vano de exorcizar tantos temores aparecidos de golpe, se encontró con que los tenía desbordados de lágrimas: “¡No!, ¡no puede ser, no puede ser!”- gritaba como loco. “Lo es- dijo ella, para añadir-: Acércate, tengo que decirte algo antes de que sea tarde”
El hombre acercó para entonces el rostro embadurnado en aquel mar de sal y sufrimiento, hasta posarlo a la altura de sus hombros. Fue ella la que arropándolo como una ola, le susurró la nostalgia en el oído: “¿Recuerdas cuando me preguntaste qué era para mí el amor?” “Lo recuerdo”- dijo él, todavía gimoteando: “Pues hoy, como que ya estoy en condiciones y puedo decirte lo que tanto he anhelado definir: tú”
Él, ante la imposibilidad de mirarla a los ojos, la acariciaba sin más.
“¡Me has hecho pasar tan buenos ratos!” “Sshh, no digas nada; el silencio, en este caso, es un bien mayor- para agregar-: en ocasiones, nos sobran las palabras, en otras, ni tan siquiera nos bastan”
“¿Sabes? Todavía recuerdo con meridiana claridad, el día en que me dijiste cuál era para ti, o, más que cuál era para ti, cuál sería para ti la mayor prueba de amor. Lo recuerdo ¡con tanta nitidez!, ¡con tal grado de emoción! Tus sentimientos ¡salieron de ti de una manera tan clara! Eran cual la luz que nos brinda esta mañana”
Él, entre tanto escuchaba atentamente sus palabras.
“Me dijiste: para mí, la mayor prueba de amor sería que una persona necesitase el corazón de otra para vivir y esa otra estuviese dispuesta a sacrificar su propia existencia con tal de que la otra persona viviese. Y luego, si la memoria no me falla, te echaste a llorar sin más, ¿lo recuerdas?”
Él, continuaba escuchándola.
“Personalmente creo que, definir el amor es mucho más sencillo. Para mí, el amor, ha sido poder tenerte cerca de mí, sentir tu apoyo, el beso nada más despertar, el frío relajante de tus pies, las caricias de tus manos, la ternura de tu sonrisa, la segura presencia junto a mí, el hueco de la almohada al levantarte, el cariño de tu brazo cuando cogías la sartén, ¡mi sueño de que yo era tan sólo TÚ SUEÑO!” “Pero…-, trató de pararla él-: ¡me queda tanto por darte!” “Lo sé - dijo ella, para añadir-: por eso mismo, y antes de que me vaya, quiero que me hagas un último favor, ¿me lo prometes?” Él, viendo como los ojos de ella se iluminaban buscando la respuesta afirmativa, asintió con la cabeza: “Bien, en ese caso, escucha bien lo que voy a decirte: quiero, sólo quiero que, en el momento final, en el momento de la despedida, cierres conmigo los ojos y pienses que estoy contigo. ¿Lo harás?” Él, imaginó por unos segundos la sala de hospital, la luz de la boca que marchaba, la mano que, sin vida ya, desfallecería poquito a poco: “¿De verdad que es lo que quieres?” “Lo quiero”- respondió, convencida: “En ese caso, cuenta con que así será…. Pero, antes de que ese momento llegue, ¡déjame besarte una vez más!”- suplicó. Ella se entregó entonces al besar sin más: sosegada, tranquila, sintiendo en aquel beso cómo la parca se la iba llevando sin más. Entonces, en el último roce de sus labios, articulando con titánico esfuerzo unas últimas palabras, le lanzó- sin mayores delicadezas- de que llegaba la hora: “Cierra los ojos, por favor, cierra los ojos y, a poder ser, olvídame para siempre”. Alejándose poco a poco de los sueños de la Tierra, el hombre, dejando definitivamente de lado la razón, no encontró mejor motivo que viajar junto a sus párpados.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Siempre te tuve a mi lado
Siempre te tuve a mi lado. Aunque tú no lo supieras, aunque tú no me soñaras; aunque nunca lo estuvieras de una manera palpable- como te tengo ya ahora. Siempre, como te digo: siempre te tuve a mi lado. Qué importancia puede tener eso ya ¡eras tan real entonces!
Tu presencia, que cada noche se me aparecía envuelta bajo un lindo tul de idealización, saciaba de serenidad los días de mi existencia copando de ilusión todas las noches de insomnio. Tu estampa, que cada vez resultaba más difícil de perpetuar en mi grisácea memoria, ecoaba en mí a través de mil suspiros. Pero a mí, como podrás suponer, eso jamás me bastaba. No, no me bastaba. Y, no me bastaba, porque era demasiado cruel, demasiado ingrato de aceptar, demasiado enojoso de acatar, demasiado penoso de soportar, demasiado difícil de asimilar, que nunca más tendría ya la más remota oportunidad de volver a verte, que ya nunca más volvería a tener la más mínima oportunidad de caminar a tu lado.
Sí, lo reconozco: una imprudencia por mi parte. Palabras que en su tiempo debieron haber nacido de mi boca, y que, por cautelas, o quién sabe si no también por esa malsana timidez que hace comportarme en ocasiones como un autentico estúpido, me han dado un buen escarmiento. Te quería… pero no te lo dije. Era más sencillo callar, no decir nada, aguardar desde el patio de butacas viendo cómo el cinematógrafo pasaba frente a mis ojos la mejor película de mi existencia dejando escaparla en vida.
Pero el destino, y que en ciertas ocasiones nos permite enderezar los caminos que no andamos, parecía predispuesto a ofrecerme una nueva oportunidad. Dos encuentros- de lo más inesperados todos ellos -, una visita fugaz circunscrita a un museo, unas cuantas citas – no te puedes ni imaginar cómo anhelaba yo entonces la presencia de las cenas- y aquel invisible hilo que había permanecido atascado en lo más profundo de mi corazón durante tanto y tanto tiempo, decidió que ya iba siendo hora de soltar generosamente la rueca de los sentimientos. Unas palabras que de forma tangencial que días antes habías pronunciado en mi presencia respecto del amor, hicieron que demorara para mejor ocasión tan esperado momento. Y entonces, repleto de valor, de un valor que jamás antes había tenido la suficiente valentía de acumular, me permitieron expresar lo que sentía yo por ti.
El hilo de lo no-dicho, se disipó para entonces a la luz de un cielo raso, al tiempo que tú me entregaste un atisbo de respuesta. Yo, en cierto modo, era plenamente consciente de aquella precipitación por mi parte; pero si de algo estaba realmente seguro por aquel entonces, era del hecho de que no quería volver a tropezar nuevamente frente a la inutilidad de aquel mismo silencio. La sinceridad de tu respuesta, empañó de gratitud la suavidad de la noche. Poco a poco- y si a mí me parecía bien, claro está, dijiste- podríamos intentar fundamentar los pilares con los cuales tratar de alzar una relación. Y no una relación cualquiera, si no una relación en primera persona del plural: Nuestra relación. Y si la escribo justamente con mayúsculas es, precisamente, porque así la imaginaba. Una relación, en la cual, aprenderíamos a dibujar cada contorno, cada gesto, cada contrariedad. A limar cada aspereza, a trabar con efectividad los anclajes de cada uno de sus fundamentos. Pensabas, que la sólida firmeza de nuestros escasos encuentros, sería base suficiente. Y yo, pues qué otra cosa podía hacer que no fuera la de estar sin duda de acuerdo. Tampoco era cuestión de forzar ni mucho menos las cosas- y, menos aún, a costa de hipotecar por tal precipitación futuros acontecimientos. Lo que hubiese de llegar, ya llegaría. Por de pronto, ¡habías sido tan generosa concediéndome una oportunidad! Nuestra relación, que había estado estancada durante tanto tiempo – al menos, sin que tú lo supieses-, y que germinaba por de pronto en mi memoria, debería de acostumbrase a fluir poco a poco. Como un río de agua bien clara que desemboca en el mar. Abrir la compuerta de los afectos de una forma tan brusca y desbocada, tal vez la hubiera desbordado para siempre. Por otra parte, creo que tampoco era cuestión de encorsetarla demasiado; pues, como todo el mundo sabe, al amor, no le gusta para nada vivir sujeto a cadenas. Así, que desde entonces, espero. Espero, con la paciencia que supone la certeza de quererte y algo más. Espero, con el sosiego que supone haber podido remediar un desencuentro que parecía inevitable. Espero, con esa renovada ilusión que me invade cada vez que consigo oír tu voz a través del hilo telefónico. Pero sobre todo, espero, que una vez que los acontecimientos que tanto te afectan y sobre los cuales- por desgracia- no tengo ningún tipo de control más que estas palabras de aliento con las que trato de animarte para que no te derrumbes, estallen en un mal sueño. Y que, para entonces, cuando la brisa del mar se nos muestre favorable, abramos juntos al viento las velas de nuestras vidas y echemos a navegar.
sábado, 21 de julio de 2012
Quiero recoger tu cuerpo
Hoy quiero bajar a la calle
para convertirme en adoquín: en tu adoquín.
Y que me pise un tiempo nuevo:
el tuyo, el mío, el de todos,
entre los charcos de una tarde carcomida por la ira.
Y perderme entre un latido de muerte
robándole la voz a tanta gente
que aún no acepta traicionar a la esperanza
para que sobreviva la burbuja de unos pocos.
Por eso, si te arrolla la soledad del tanque,
recogeré tu cuerpo con ternura
y buscaré limpiarte entre las grietas de la noche
ante la obstinación de tanta conciencia rota.
Pero, por de pronto, déjame acudir a la penumbra del
silencio
con la garganta propicia al desencanto
ante tanta mentira liberada entre la vida
justificando la sangre que nunca acallará mi palabra.
martes, 15 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
La niña que doblaba calcetines
El pueblo de nuestra
infancia, es algo que solamente los viajeros más aventureros pueden
imaginar sin necesidad de mapa. Otra cosa bien distinta, sería si nos
estuviésemos refiriendo aquí a aquel pueblo que probablemente sólo
habita en la imaginación de las niñas sin calcetines. Como podrán
suponer, me estoy refiriendo al siempre presente pero al mismo tiempo
tan poco conocido como el pueblo de los descalzos. Pongamos las cosas
en su sitio- tiempo habrá para sacarlas de él y digamos para empezar- y
dejándonos ya de fronteras y de territorios-, que las niñas sin
calcetines, son un lujo para las madres modernas. No se pueden imaginar
ustedes la cantidad de lavadoras, de agua, y de luz, que sus
progenitores ahorran cada vez que deben hacer la colada. Como
contrapartida, las niñas sin calcetines, tienen los pies duros, llenos
de hongos- de todo tipo-, y, si la desgracia se cruza en el camino, más
de una acabará perdiendo las uñas por el choque de una roca.
Las niñas sin calcetines sueñan con lo que no tienen. Son niñas que apenas han sentido el tacto de una mano, el roce de la tela, el calor del algodón. Y, pese a que nosotros pensemos que sus sueños van en la misma dirección que lo que les falta, sólo desean una cosa: encontrar un príncipe lo suficientemente natural y limpio como para que no destiña- ni él, ni sus calcetines, ni las ilusiones que las mantienen con vida.
Las niñas sin calcetines sueñan con lo que no tienen. Son niñas que apenas han sentido el tacto de una mano, el roce de la tela, el calor del algodón. Y, pese a que nosotros pensemos que sus sueños van en la misma dirección que lo que les falta, sólo desean una cosa: encontrar un príncipe lo suficientemente natural y limpio como para que no destiña- ni él, ni sus calcetines, ni las ilusiones que las mantienen con vida.
domingo, 8 de abril de 2012
"Me enamoré de la luna" se presenta en la Biblioteca de Bellvitge de L'H
PRESENTACIÓN DEL LIBRO.
Me enamoré de la Luna de Juan Morales Alcúdia.
Fecha: 18/04/2012
Miércoles, 18 de Abril a las 19 horas
Salal Chillout
Biblioteca Bellvitge
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